domingo, 3 de mayo de 2009

Sunday Peregraph 1x05 - El Rastrillo Real

El sinsentido de la monarquía también se da en Holanda. El pasado jueves las calles pasaron de estar repletas de flores a estar repletas de gente andando por ellas. Era el día de la Reina, fiesta grande de Holanda y momento en el que todos los holandeses tienen permitido perder los papeles. Ese día -el 30 de Abril- se celebra el cumpleaños de la reina, aunque realmente no es la actual la que cumple años ese día. Es la fecha en la que los cumplia su madre -la antigua reina- y por no cambiar la fecha a cada nuevo/nueva chupoctero/chupoctera que herede el trono por ser hijo/hija de su madre o su padre se decidió establecer esa fecha como fecha eterna y oficial para la celebración. Ademas les viene bien, porque si hablamos de temperaturas, este es el mejor momento del año en Holanda. Asique ese día se sale a beber al solecito. Nadie les culpará si al día siguiente en el curro se les nota en la cara su excesiva resaca.

La tarde anterior a la fiesta salí a dar un paseo por Haarlem, y me sorprendí encontrando todo el suelo de la ciudad “decorado” con distintas pintadas o tiras de esparadrapos varios que delimitaban distintas zonas. Gracias a que sabía algo lo que vendría al día siguiente entendí que es lo que era.

Resulta que los holandeses, expertos ellos en el arte de no tirar nada y reciclarlo, utilizan el día de fiesta nacional para seguir metiendo el máximo dinero posible en sus bolsillos. ¿Y como hacen eso? Pues porque en el día de la Reina no se pagan impuestos. En un país tan capitalista como este -ni siquiera se celebra el 1 de Mayo el día del trabajador- la manera que tienen de celebrar algo es ahorrando un dinerillo. El caso es que eso se traduce en que muchas tiendas abren, pero sobretodo en que muchísimos holandeses sacan a la calle todas sus antigüedades -o modernidades- y tratan de venderlas en la puerta de su casa. Los espacios pintados y delimitados con cinta aislante o tiza son los espacios reservados donde situar sus “mercancías”. La reina y su azul familia también salen a la calle en un desfile Real, algo normal y lógico en un día en el que se saca a la calle todo lo antiguo, viejo y pasado de moda.

Junto a esos sitios reservados se encontraban también muchos escenarios, esperando a recibir a sus artistas y “deleitar” a la población con su música. Música de todo tipo. La fiesta empieza realmente la noche anterior, en la Queen’s night, o noche de la Reina, en la que los escenarios se llenan y los bares y barras empiezan a funcionar. En cada rincón imaginable sitúan un grifo de cerveza con la que poder surtir a los “bebensales”, y andes por donde andes te encuentras aglomeraciones de gente con cervezas adosadas a sus manos. En mi plaza, como no podía ser de otra manera, el escenario portátil empezó a funcionar, “deleitando” mis oídos hasta las once y pico de la noche. No era un ruido molesto, pero si estaba la música en directo a un volumen tal que hablar aquí en mi casa se hacía complicado. Pero era ruido de fiesta, y eso es algo que nunca está mal. No como los ruidos de obra, que aunque siguen acompañándome hoy no quiero hablar de ellos.

Por supuesto la feria seguía con sus atracciones -coches de choque, aspas y demás-, tanto aquí como en Amsterdam como en cualquier otro lugar. Noche de fiesta hasta que se van a descansar, sobretodo los que a la mañana siguiente bajan a sus puertas o a su lugar reservado en pleno centro para intentar sacar unos céntimos de Euro con los que poder aumentar un poco más su capital.

A la mañana siguiente, ya en el Día de la Reina en si, Holanda se transformó en un gigantesco Rastro madrileño. La música empezó en mi plaza a las once de la mañana, y con ella y tras tomar un café salí a pasear. Jamas había visto aquí tanta gente a la vez en las calles. Tras observar un poco el ambiente de mi zona salí a una de las calles principales, y aunque sabía más o menos con lo que me iba a encontrar, sinceramente me costó creer lo que veía. Las aceras estaban literalmente tomadas por puestos improvisados que ofrecían todo tipo de objetos, situados la mayoría sobre mantas tiradas en el pavimento que me hacían pensar que si aparecía la policía tirarían de unas cuerdecitas atadas a las esquinas de la tela y llevándose sus mercancías correrían como el mejor topmantero español. Algunos situaban sus cosas sobre mesitas de camping, y otros lo ponían directamente en el suelo, sin ninguna protección. No quedaba un sitio libre, ni en el que poner un puesto ni por el que poder andar tranquilamente. Para ver el mercadillo había que entrar en una corriente de marea humana que te hacía andar a una velocidad de quinientos metros por hora. Exasperante.

Los bares estaba repletos; las barras improvisadas, abarrotadas; los distintos escenarios ofreciendo sus distintas músicas a todo aquel que quisiera oír. Un DJ en una esquina de la Groote Markt deleitaba los oídos de los espectadores tecnos que allí estaban -no en vano este país es el paraíso de la música electrónica. Mientras, en la otra esquina de la plaza, un magnífico grupo del que ignoro el nombre tocaba blues haciendo entrar en éxtasis a los que a escucharlos acudían. En otra calle había un grupo de autentico rock, y en la puerta de mi casa, en el escenario improvisado, un curioso grupo de gente disfrazada tocaba una música que, si bien no estaba mal tocada, tampoco pasará a la historia. En prácticamente cada bar habían colocado un escenario propio, en el que o bien un DJ o bien un grupo se dedicaba a amenizar la escucha de los que ahí bebían. El lugar entero en fiestas, el lugar entero abarrotado. Poco a poco cada vez los holandeses más bebidos, mas alegres y más fiesteros. Parecen perder la rectitud a la que nos tienen acostumbrados.

Por la tarde los puestos desaparecen, y muchas de las cosas puestas a la venta y de las que sus vendedores solo pretendían desprenderse, quedan tiradas en las calles como esperando a que alguien las recoja. Pero hay cosas que ni gratis se lleva la gente. Cuando los puestos acaban ya solo queda el beber y, los que al principio de la mañana estaban ante los escenarios bailando casi sin moverse, a esas horas están viviendo la fiesta como si se encontraran en el mismísimo Woodstock.

Al día siguiente, al despertar, todo había desaparecido. No quedaban casi vasos de plástico amontonados por el suelo e incluso las atracciones que había situadas en la Groote Mark se habian esfumado. Holanda volvió a su seria normalidad, esperando ya al año que viene para tener otra vez permiso real para divertirse.

Por desgracia este día de la Reina pasará a la historia no por el fiestón sino por la locura de un conductor que, intentando comprobar si la sangre real es azul, dejó las calles holandesas llenas de sangre roja. Ahora mismo las banderas de todo el pais se encuentran a media asta, luto nacional por las siete personas fallecidas. El causante de la desgracia es uno de los fallecidos, y si hubiese sobrevivido hubiese tenido que enfrentarse a una condena de cadena perpetua. Lo fuerte del tema es que esa condena no sería por matar a seis personas -por eso tendría su condena normal-, sino por haber atentado contra la familia real. Sinsentidos de un sinsentido mayor llamado monarquía.

domingo, 26 de abril de 2009

Sunday Peregraph 1x04 - Flower Power


Tulipanes por todas partes y flores de otros tipos que lo cubren todo. Cogiendo un tren, un bus o un coche y mirando por las ventanas se ven las distintas formas que, con todos los colores imaginables, decoran los anchos y llanos campos de plantaciones que pueblan casi al completo este país. Siendo así no es raro que se haga una fiesta en homenaje al inicio de la recolección de flores. El poder de las flores se hace notar.

Ayer sábado fui con mi amigo Manolo a visitar a otro amigo de por aquí, en este caso francés, llamado Yann y que reside en Hindeholm. Fuimos a esta ciudad cercana a Haarlem para, desde su casa -en la que vive con su hijo y su mujer-, ver un desfile floral que por lo visto pasaba por delante de su puerta. La verdad es que yo no tenía ni idea de a lo que se refería, y de repente se empezó a escuchar música a un gran volumen procedente de fuera de su casa. Pregunté si eso era ya el desfile y la respuesta fue que no. Lo que sonaba era la música de un vecino de una casa cercana, a un volumen tal que parecía estar puesta para que la oyésemos nosotros. ¿Quien dijo que Holanda es silenciosa?. Al rato la música cambió, y con la llegada de tambores y otros sonidos menos digitales llegó el verdadero desfile.

Como digo no sabía que es lo que iba a ver. Nuestro amigo francés no quería salir a la puerta de su casa por no encontrarse con sus vecinos, pues el desfile, como el mismo decía, no era solo para lo que pasaba por la calle, si no también para que los holandeses de la zona pudieran exhibirse. Su día de gloria. Cuando subimos al piso de arriba y nos asomamos a la ventana y al balcón vi a lo que se refería.

Lo que mas me sorprendió no fue el desfile en si, sino la cantidad de publico que asistía al evento. No solo las aceras estaba pobladas de gente, como si de la cabalgata de Reyes Magos se tratase, sino que también estaban todos los vecinos de las casas de alrededor en su patio frontal, sentados en sillas, con mesas, bebiendo cervezas y comiendo fritos. Parecían estar intentando demostrarle al resto de los presentes la suerte que tenían de tener esa casa ahí, presidiendo una vez al año este gran desfile que, mas bien, parecía una cabalgata.

Cada poco se podía ver una carroza distinta, confeccionada solo con flores y con temáticas tan distintas como sea posible imaginar. Desde una homenaje al Octopussi de 007 hasta otra en la que parecía el homenaje era a la música y las notas musicales. De vez en cuando, entre carroza y carroza, pasaban también unos desconcertantes coches casi normales, adornados de flores muy torpemente situadas, vulgares y con gente dentro saludando con la mano como si fuesen la mismísima reina de Holanda. Estos cutre-coches -por como iban decorados- llevaban publicidad del tipo “La ferretería Van Halem les desea Felices fiestas”, o “Frutas Hoogland. Lo mejor para comer en estas fiestas”. Flores, publi y manos saludando. Muy ridículo, la verdad.


La historia, o al menos eso es lo que yo entendí, es que todos los años, al llegar esta época, de las plantaciones se quitan las flores más pequeñas que ya hayan brotado, para que las grandes que queden se hagan aún mas grandes y mas fuertes. Con esas que cogen hacen esto, que es una especie de celebración de fallas pero sin quemarlas y hechas con flores en lugar de cera. Supongo ademas que también sirve como inicio a la celebración del día de la reina, que es este próximo viernes y que es el día grande de Holanda.

Cuando llegué aquí a Haarlem y pasé por una de sus calles principales me sorprendió ver que estaba completamente cortada al trafico. Sabía que el desfile pasaba por aquí, pero lo que no sabía es que las carrozas se quedarían aparcadas al final de su recorrido. Hoy domingo continúan ahí, para que se pudiera admirar mas detenidamente el trabajo que los floristas han hecho. cada una tiene un vigilante particular para que a nadie se le ocurra llevarse alguna flor de recuerdo, o arrancar la figura de Ideafix hecha con pétalos y llevársela a casa. Obelix ocupa demasiado.


Entre una carroza y otra hay también puestos de comida, y Holanda entera parece haber salido a la calle para continuar con la fiesta de las flores, con este flower power que parece obligarles a salir de sus madrigueras. Aunque supongo que el sol y el buen tiempo ayudan y mucho. Por lo visto es el mes de Abril más caluroso en Holanda de los últimos 30 años. Así se explica aún más que las terrazas estén llenas, y que la feria que por supuesto continua en la Grote Markt esté repleta de gente que quiera montar en las aspas y demás atracciones.


Ayer pasamos también por Amsterdam, y al llegar a la plaza Damm -que es como La Puerta de Sol en Madrid pero en versión Amsterdam- nos quedamos más que boquiabiertos con la enorme estructura que habían colocado. Si en Haarlem me sorprendía el tamaño de la atracción de las aspas, en Amsterdam alucine viendo como habían instalado una noria tan grande como las de los parques de atracciones fijos, o puede que incluso más. Junto a ella había una atracción igual a la de las aspas y se veía claramente que la noria era el doble de alta. A lo grande. Sinceramente no imaginaba que se pudiesen instalar cosas tan enormes de un día para otro y luego hacerlas desaparecer con la misma rapidez.

Igual de rápido han instalado un miniescenario en la misma puerta de mi casa, presidiendo esta plaza tan ya de por si poco carente de ruidos. Han desplegado varios altavoces, una mesa de mezclas, los micrófonos... y ha venido un grupo de Jazz y se han puesto a tocar. La gente de las terrazas ha asistido al espectáculo y yo, escuchándoles, he dejado de oír por un tiempo los martilleos variados que, por supuesto, continúan sonando a mi alrededor. Los obreros de este país no paran ni cuando el resto está de fiesta. Jazz Vs Martillazos. Es un poco como si hubiese colocado una gruesa y compacta capa de flores en la maza del martillo, que consiguiese que al martillear el sonido apenas se emitiese ruido, que apenas se notase. Como meter una florecilla en el cañón de un fusil para evitar que suene. Flower Power obrero y artesanal.

domingo, 19 de abril de 2009

Sunday Peregraph 1x03 - Vamonos de Fiestas


Grote Markt es, como ya he dicho antes, la Plaza Mayor de Haarlem. Literalmente. “Grote” significa grande y “Markt” significa plaza. Es un sitio muy bonito, muy amplio y en el que además de varios bares hay también una iglesia -o catedral, no sé- enorme. Es imposible no fijarse en ella, no tanto por sus valores arquitectónicos, que no dudo que los tenga, sino porque todos los dias, a determinadas horas, comienza a sonar en toda la parte central de Haarlem el sonido de un eterno carillón. A mí, como espectador viandante, no me molesta, pero siempre me imagino viviendo en las proximidades de esa iglesia, teniendo que soportar diariamente en varias ocasiones una cancioncita que, más bonita o más fea, siempre me impida a la misma hora de la tarde o la mañana ver una película con la ventana abierta. Eso es denunciable... ¿no? Denunciable o no, en cuestión de ruidos, si vives en esa plaza eso no sería lo peor.

El lunes pasado, que aquí era festivo, salí por la tarde a dar mi paseo diario por las calles encanaladas de Haarlem. Recorría los sitios que conozco mirando las cosas que ya he visto cuando mis pies me llevaron a la Grote Markt. Allí me sorprendí al encontrar el lugar repleto de camiones, hierros, maderas y aparatos de construcción. En este caso la causa no eran unas obras, sino que parecía que hubiesen decidido jugar en la plaza a un enorme Mecano de atracciones de feria. No sabía si lo estaban poniendo o lo estaban quitando, pues por la mañana no había pasado por allí y, como era festivo, pensé que quizá solo lo habían colocado para ese día y ya lo estaban recogiendo. Pensando ahora en ello me doy cuenta de lo erróneamente optimista que aún soy en algunas ocasiones con la efectividad holandesa. En lugar de pensar que estos tipos tardan un mes en hacerte la copia de una llave de casa, pensé en que estos mismos tipos te levantan el pavimento de la plaza, reparan lo reparable y la cierran en un mismo día. Mi obsesión con las obras, que no me deja ver más allá.

El caso es que el martes todo el despliegue aún seguía allí, e incluso había crecido un poco más. Confirmé que lo que hacían era ponerlo y no quitarlo, y empecé a vislumbrar algunas de las atracciones que pensaban instalar. Ví coches de choque amontonados en un nuevo camión que había llegado... y enormes brazos articulados metálicos dispuestos a formar una especie de pulpo gigante, con cazuelas en sus brazos en las que poder sentarse... también había camiones que se convertían en distintos tipos de atracción monetaria, queriendo decir con esto que llegaban allí, descorrían sus paredes y plantaban en cualquier lugar multitud de máquinas tragaperras.

Pero lo que más llamaba la atención era la enorme torre metálica. Presidiendo el lugar, justo tapando el edificio Brinkmann, estaban colocando una atracción tan grande y tan alta como cualquiera de las que se puedan encontrar en un parque de atracciones fijo. Ahora que pienso en como es la verdad es que le veo sentido a que sea la atracción principal de unas fiestas de por aquí, ya que su funcionamiento es como el de un molino, un molino muy muy delgado y con dos aspas en lugar de cuatro. La gente se sube en las puntas de las aspas, bien atada y asegurada, y comienza a dar vueltas hasta que tengan la cabeza en los pies y el estómago en los zapatos. Aún no lo había visto funcionar, y simplemente me sorprendí de lo colosal de su tamaño. Observé el resto de cosas que estaban empezando a colocar, y tras darme un par de sustos con los ruidos decidí seguir paseando por algún lugar en el que no sonaran martillazos.

Cuando volví a aparecer por la plaza -no recuerdo exactamente que día- ya estaba todo colocado y en funcionamiento. Solo faltaba la gente, los usuarios, pues pasé a unas horas en las que no parecía que mucha gente tuviese tiempo de llevar a sus críos a disfrutar. Confirmé la instalación de las atracciones que había visto antes de que colocaran -el pulpo y los coches de choque- y volví a sorprenderme de la facilidad con la que en este país se instalan paraísos ludópatas de máquinas tragaperras. Luego me fui de allí, huyendo no del ruido de construcción sino de las odiosas canciones de feria que sonaban atronadoramente a través de los enormes bafles que, por supuesto, acompañaban a cada atracción. Si sonó el carrillón de la iglesia ni siquiera me enteré.

Ayer sábado volví a acercarme, estando seguro de encontrar en el fin de semana la agitación necesaria como testar el verdadero ambiente de la diversión holandesa. Según me acercaba a la plaza por la calle principal comencé a escuchar gritos, y cuando levanté la vista vi pasar a toda velocidad las puntas de las aspas de la torre metálica. En ellos ya había gente gozando del mareo, la altura y la adrenalina. Aparecían tras los edificios cada poco, y les envidié por la vista aérea de la ciudad que tenían cuando los usuarios de una de las puntas estaban arriba y parados, mientras la otra punta estaba abajo, cambiando a sus ocupantes. Luego volvió a moverse, y me dije que por muy esplendorosa que fuera aquella vista yo no la iba a disfrutar. No al menos si no quería arriesgarme a vomitar sobre alguien.

Cuando llegué finalmente a la plaza constaté que estaba abarrotada. Los gritos de los de las aspas habían desaparecido porque ahora estaba entre los gritos de la gente de a pie, de la música de las atracciones y del jolgorio típico de unas fiestas. De repente me teletransporté a los madriles, concretamente a las fiestas de mi barrio Moratalaz. A tantos kilómetros de distancia hay sensaciones que son las mismas, y más cuando estás en una feria con sus luces llamativas... sus puestos de tirar con la escopeta descalibrada... el olor a nube de azúcar... la música pachanguera... la multitud abarrotando el lugar... Paseé entre la gente dejándome llevar, observando de vez en cuando a los que gritaban desde las aspas de la atracción reina, y viendo que los holandeses, en unos coches de choque, son quizá algo más tranquilos que los españoles. Como la vida misma.

Atravesé el lugar y me disponía a salir del centro neurálgico de ocio cuando mis pies se quedaron parados a petición de mis oídos. Al pasar junto a una atracción -consistente en mover de arriba a abajo y de izquierda a derecha a varias personas sentadas en dos filas como de sala de cine- creí percibir un sonido muy usual en las fiestas pero extraño en un lugar como Haarlem. Afiné el oido y distinguí claramente las notas de esa famosa mediterránea canción que dice “Valenciaaaaaa, es la tierra de las flores, de la luz y del amorrrrrr. Ta Ta Ta Ta TAN Ta TAN Ta TAN!!!”. Perplejo me dirigí hacia la fuente de ese sonido, y mi perplejidad fue aún mayor cuando, al escuchar la voz que cantaba, constaté que la canción era en Holandés. Pensé que quizá la letra cambiase hasta el punto de decir “Haaarleeeeem.. TA ta TA ta Ta TA ta ta ta ta ta TA TA TA tAAAAAa”... pero no, lo de Valencia lo habían respetado. Alucinado me fui de allí, y eso me sirvió para encontrar la nueva ubicación del mercado de los sabados. Aquí tienen pasión por los mercadillos, y a los dos semanales que ponen en mi plaza hay que sumar otros tres o cuatro que ponen también en Grote Markt. Compré un poco de pan en uno de los puestos y me vine a casa a comer.

Por la noche me acerqué con mi amigo Manolo, al que conozco no de aquí sino de Madrid, y con el que compartí en Moratalaz muchas Fiestas del Barrio. Al entrar en la plaza lo primero que nos llamo la atención -para eso están- fueron las luces de todos los colores y brillos que poblaban cada rincón. Los gritos continuaban, al igual que las aspas del molino metálico, ahora con luces hipnóticas que te hacían disfrutar con solo mirarlas. Aunque la música ya no era valenciana, la complicidad de la oscuridad y el aislamiento que con el resto de la ciudad producían las distintas luces, invitaban a los recuerdos y sensaciones previamente vividos en Madrid. Las fiestas de Moratalaz en pleno Haarlem. Solo nos faltó un césped donde tirarnos y un buen par de litros fríos de cerveza Mahou. En litrona, por supuesto. Si ellos solo tienen latas de medio litro para sus cervezas, nosotros solo tenemos vidrios de litro para las nuestras.

El tiempo, el buen tiempo, ha acompañado a las fiestas. Por esa razón hoy se ha acercado de nuevo Manolo, pero esta vez además con Marta y con Raúl -el pequeño de la casa y el que seguro más ha disfrutado de las atracciones-. Al acercarnos a la plaza se escucharon de nuevo los gritos, y se comenzaron a divisar entre los edificios los viajes de los nuevos ocupantes de las puntas de aspa de la torre de metal. El lugar volvía a estar abarrotado, lleno de gente adulta acompañando a niños que corrían en busca de la siguiente diversión. Raúl montó en unos coches de choques para mininiños y entró también en un laberinto de espejos y cristales del que salió con más de un chichón. Luego intentamos hacernos con un muñequito de Yoda al mas puro estilo Barrio Sésamo, pero las manos metálicas que debían de agarrarlo son en Holanda tan endebles como en Madrid, y tras levantarlo levemente por su capa el muñeco volvió a caerse dentro de su jaula, dejándonos sin su compañía y sin los cincuenta céntimos que costaba cada intento. Intentamos tirar con la escopeta descalibrada de mirilla engañosa, pero la cola que aseguraba una espera algo más que corta evitó que lo hiciésemos.


La parte triste de la historia es que aún no sé que es lo que se celebra. Mis colegas dicen que varias veces al año hacen esta exhibición de atracciones en esa misma plaza, pero no sabemos por qué. Por el resto de la ciudad no se ven ni banderitas ni adornos ni nada, y aunque se pueda pensar que en Holanda esas cosas no se hacen, si al menos lo hacen en Navidad y un poco antes, durante las fiestas de Sinterklaas -especie de Papa Noel Turco que vive en Madrid y que les trae regalos a los crios, o los secuestra si se portan mal, en Noviembre-. Quiero decir con esto que no me extrañaría que simplemente fuese algo así como “semana de feria”, más que la celebración de algo en particular. Pero insisto, no lo sé. Solo sé que, en la plaza del pueblo, varias semanas al año, no solo el ruido del carrilón crispa los nervios de los vecinos de la zona. También lo hacen las miradas y los gritos de la gente que, atadas a la punta de unas enormes aspas, cruza sus ventanas con gesto en sus caras de un próximo vomitar. Justo al subir lo más alto, casi alcanzando las nubes con el aspa habitada de la torre, las nubes de azúcar digeridas puede que se conviertan en tormenta de granizo estomacal. Seguro que ha pasado, y seguro que pasará.

domingo, 12 de abril de 2009

Sunday Peregraph 1x02 - Hagamos una pausa

Haarlem está a poco mas de 15 minutos en tren de la Centraal Station de Amsterdam. También se puede ir en bus, aunque este te deja en Amsterdam Zuid, que es otra estación que aunque creo haber pasado por ella no se muy bien por donde está.

A Amsterdam voy para ir al cine, o simplemente a pasear. Lo de pasear es por disfrutar del paisaje –y no me refiero al del barrio rojo-, y lo del cine porque voy a los “Pathé”, que es la cadena de multisalas que pueblan este país y el único cine de los que he ido en los que se puede disfrutar la peli sin que parezca que estoy en el sofá de mi casa. Y no lo digo por el tamaño, sino porque lo que en la tele son anuncios en este país se convierte, en los cines , en una “Pauze” de quince minutos.

La primera película con la que me pasó fue con “Quantum of Solace”, que por si alguien anda despistado aclararé que es la segunda peli del 007 Daniel Craig. La ví en los Brinkmann, una especie de multisala que hay aquí en Haarlem, dentro de un edificio antiguo que alberga un centro comercial del mismo nombre y que preside camuflado la plaza Grote Markt, que es como la Plaza Mayor de Madrid pero que aquí se llama Grote Markt y está en Haarlem.

Como en toda historia de James Bond la acción discurre en distintas partes del mundo. No recuerdo los lugares exactos pero cada poco aparece un título en la pantalla que indica el lugar… Venecia, Italia… unas persecuciones en lancha… La habana, Cuba… una persecución por sus calles… Berlín, Alemania… un tiroteo junto a la puerta de Brandemburgo… De repente apareció un cartel en el que ponía “Pauze” y yo, confieso, empecé a preguntarme donde estaba ese lugar. Mientras lo hacía se encendieron las luces de la sala para darme la respuesta: “Pauze” se encuentra en la prehistoria del respeto al cine, pero sobretodo del respeto a los nueve euros y medio que, cocacola y palomas aparte, cuesta la entrada.
Las tampoco baratas palomitas se me cayeron de la boca al quedarme boquiabierto, y no pude dar crédito a lo que estaba ocurriendo hasta que, por los altavoces, comenzó a sonar una canción popera además de innecesaria. Dos tipos que estaban delante mío se levantaron y tranquilamente se dirigieron, supuse, dirección al bar, lo que me dio a entender que aquello no era nada extraño. Más tarde, mis colegas que viven aquí me confirmaron que en los cines a los que habían ido ellos también era así, no solo en lo del precio sino también en el intermedio.

Esto fue mientras estaba buscando casa holandesa en la que vivir, y en esa búsqueda fui un par de días a Scheveningen, que es como Benidorm pero que resulta que es la playa de La Haya, a cinco minutos en tranvía del centro de la ciudad. La búsqueda del piso no fructificó por allí -básicamente porque descubrí que La Haya no tiene canales y no tenía la sensación de estar en Holanda-, pero el viaje si me sirvió para descubrir los cines de la cadena “Pathé”. Aparte de recuperar la comodidad de un asiento del siglo XXI resultó que no hacían pausa a mitad de la película. Para celebrarlo, ese mismo día -en el que diluviaba lo suficiente como para hacer imposible pasear-, entré a ver un par de películas en un par de cines de la cadena.

En una anterior visita a Holanda fui un par de días a conocer Bélgica, concretamente Bruselas. Una noche fuí al cine –quizá no visito museos pero si visito el cine en cada sitio que estoy y puedo-, y eso me sirvió para descubrír la bilingüidad belga. Cuando la película empezó -película en inglés (No Country for Old Men)- la seguí por su audio, pero de vez en cuando mis ojos se iban a los subtítulos que había en la parte baja de la pantalla. Mi lío fue entonces mayor, pues lo que leía a veces parecía holandés -dutch- y a veces parecía francés. No es que lo pareciera, es que lo era. Al igual que los carteles de todas partes, que están duplicados en esos dos lenguas oficiales de Bélgica, las películas están subtituladas, a la vez, en los dos idiomas. Una línea en holandés y otra línea en francés. Como yo no entiendo ni el uno ni el otro y además no sabía que estaban los dos, me lié aún más. El cine era de la cadena CineCité, y allí tampoco hubo el más mínimo resto de “Pauze”.


Aclararé que aquí en Holanda todas las películas se emiten en versión original subtitulada. Subtitulada, por supuesto, en holandés. Eso quiere decir que aquí solo veo películas en ingles o en castellano, y que las películas en otros idiomas puedo ir a verlas pero sabiendo que raramente me enteraré de algo. Aún así “Slumdog Millonaire”, que la mitad es en indú, la entendí perfectamente… y además me gustó. Las únicas cosas que doblan son las películas infantiles para el cine –películas de animación y demás- y las series infantiles y juveniles de la televisión. Todo lo demás, incluidos varios programas puramente anglosajones –Oprah Winfrey y magazines similares- se emite con un estricto subtitulado.

Como dato curioso decir que, al contario que en España o que en los mismos cines de aquí, las líneas de subtitulo en las teles holandesas –no siempre pero si en muchas ocasiones- se escriben justificadas hacia la izquierda en lugar de centradas.

Es domingo y mis amigos madrileños que también viven aquí acaban de irse de vuelta a Hoofddorp. Vinieron a recoger a Raúl, infante de la familia y de quien me había encargado en función de canguro. Aprovechando la visita, Raúl y Marta -su madre- entraron al Cinema Palace, uno de los cines de Haarlem que aún no he vistado pero que se de buena tinta que también tiene “Pauzé”. Fueron a ver “Mosters Vs Aliens” película animada y doblada al holandés, idioma que el niño habla que da gusto y la madre entiende que no veas. Manolo –su padre- y yo nos dimos un paseo hablando en castellano, con determinados momentos comerciales hablados en inglés y un saludo y despedida intentados en holandés.

Después de pasar un rato con ellos me he vuelto a casa, y al encender el televisor he comenzado a disfrutar de un placer que hacía mucho que no podía disfrutar: Son las ocho de la tarde y el Masters de Augusta está en la BBC. Golf de alta competición gratuito e integro. Angel Cabrera y Kenny Perry empatados en la primera posición. Tyger Woods, en su primer golpe del último día, casi descalabra a un espectador.

En Holanda la televisión no llega a través de la antena. Los tejados de las casas no tienen y, analógica o digital, llega a los hogares a través del cable. Las únicas antenas que se ven son las parabólicas que inundan las terrazas de algunas zonas, normalmente barrios de inmigrantes que se diferencian de los barrios de los holandeses únicamente en eso, en el millar de paelleras mirando todas en una misma dirección. Parece que los edificios fueran rocas marinas infestadas de pequeños moluscos redondos.

A través de cable llegan, eso si, multitud de canales, tanto los lógicos holandeses como también ingleses , franceses y alemanes. Viéndolos todos y sumándolos a las que ya conozco, tengo que decir que la BBC es la ostia –en positivo-: la antítesis del “pauze” de los cines “de pueblo” holandeses y el poco respeto a lo audiovisual que eso demuestra. Para empezar no tiene mosca –simbolito normalmente situado en una esquina que indica el canal que estas viendo-, para seguir se emite en formato panorámico –cosa que aquí es más que común-, y para acabar no corta las películas con anuncios. Estas tres cosas son suficientes para ganarse mi respeto. Además hoy emite de gratis y sin codificar el golf que se juega en Augusta. Nada más puedo añadir. Si acaso que Phil Mikelson acaba de dar un golpe impresionante.

La televisión holandesa –su programación- dista mucho de lo que ofrece la BBC. Muchos de los formatos que comemos en España se han cocinado aquí, y a la vez que encontramos un presentador a lo Jesus Vazquez presentando el “Allá Tú Holandés”, podemos encontrar en otro canal la odiosa musiquita de presentación del idontlikeatall programa Factor X. También tenemos el “Lingo” y una especie de versión del cásico “Cifras y Letras”. Ambos programas se me escapan del entretenimiento, ya que sin saber holandés no tiene mucho sentido seguirlos.

Pero lo que realmente inunda las parrillas son los programas de cocina. Los formatos que empezaron junto con la cadena “Cuatro” y que se estrellaron contra la audiencia como si fuesen un huevo para una tortilla aquí continúan y parecen omnipresentes. Concursos de distintos tipos –el de cinco casas cinco anfitriones de A3, el de “aquí teneis nueve euros y a ver quien cocina mas rico con este presupuesto”- y cocineros solitarios al mas puro estilo Arguiñano, solo que mucho más guarros en sus formas y que cocinan unos platos que te hacen entender porque los holandeses necesitan tanta formación culinaria. Ponerle a algo aceite, tras un primer momento de pensar que te has vuelto loco, les alucina y les fascina.


Llama la atención también la cantidad de series clásicas que se pueden encontrar diseminadas en los distintos canales –de televisión, que en este pais hay que especificar-. Viendo la antigüedad de las casas holandesas y de todo el país en general se puede pensar que estos tipos se resisten a tirar nada, incluso en un sentido televisivo… La casa de la pradera, El Coche Fantástico, El Prisionero, el Equipo A, Se ha escrito un Crimen, Diagnostico Asesinato, Los Vengadores –esta última en la tele Alemana y doblada al alemán- pueden verse –o reverse- aquí a diario. Además se emiten los CSI, House, Mentes Criminales y demás series no españolas de moda en España.

También hay mucho debate, pero al igual que en los concursos lingüísticos debo decir que por razones obvias no suelo verlos mucho. Los culebrones autóctonos, tan numerosos como cutres, me provocan el mismo problema de no entender, pero los miro un poco más. Me alucina lo mal que hacen algunos, y obviamente no me refiero al guión, que lo mismo es de Pulitzer aunque apostaría a que no.

Las noches son del Poker. Distintos tipos de programa y de competiciones. Mismo modo de juego, el Texas Hold Them, pero en diferentes cadenas y casi a diario. Creo que todas las noches consigo encontrar alguno, y a las horas que lo emiten ya poco más hay que ver. Si acaso los videos de la Mtv o la TMF, en los que aunque no ves a Bisbal si que tienen a Jerome Van der Boom, que no es lo mismo sino una copia y que también salió de la versión holandesa de “Operación Triunfo”.

De madrugada, en las teles holandesas, no hay teleconcursos engañosos y timantes, lo que es de agradecer. Si acaso algún que otro teletienda y, lo que más, anuncios de teléfonos eróticos mucho más castos que en Madrid. Zappeando se puede encontrar la CNN o alguna peli o documental en el canal Arte, en el National Geographic o en Animal Planet, pero sinceramente al final mi opción suele ser apagar el televisor y prepararme una peli para verla en el ordenador. Luego apago la luz y le doy al play. Play sin “pauze”, por supuesto.

PD: Mikelson acaba de mandar su bola y sus opciones al fondo del estanque del hoyo 12 de Augusta. El Masters será de otro. Voy a ver de quien.

PD2: Si, las obras siguen.

domingo, 5 de abril de 2009

Sunday Peregraph 1x01 - En construcción

Una cosa está clara: continuamente hay en el planeta -en algún sitio- una casa, edificio o calle que está en obras. Empiezo a pensar otra cosa, quizá menos probable pero casi más demostrable: las obras me persiguen.

Todo empezó hace un par de años más o menos, cuando vivía en un edificio pegado a Méndez Álvaro. No era un edificio moderno, sino más bien uno antiguo y descuidado, cuyo alquiler era de un precio bastante razonable. Mi piso era distinto -no en cuanto a precio sino a la necesidad de reforma-, ya que sus antiguos inquilinos lo habían modernizado un poco. No necesitaba reparaciones pero era de esos sitios que aún tienen gas butano. Mis padres estaban viviendo conmigo, pasando una temporada huyendo de sus propias obras. Su casa estaba siendo rehecha casi completamente y, como digo, vinieron conmigo en busca de tranquilidad y un sitio donde descansar. Nada más lejos de la realidad.

Un día llegaron los nuevos dueños –mientras vivía allí el edificio cambió de manos- y me avisaron de que en breve lo iban a rehacer prácticamente todo. Iban a poner ascensor, a arreglar la fachada, a mejorar las escaleras, a cambiar el tejado, etc. Vivía en el último piso, y encima mío solo tenía un falso techo y sobre este, a poco mas de un metro, el tejado de teja que cubría todo el edificio. Mi casa, además de no tener nada encima, tenía dos paredes que por un lado eran mi casa y por el otro eran muro exterior. Parece un dato sin importancia, pero cuando empezaron a reparar el exterior y para eso necesitaban amartillar y picar toda pared externa, lo que no parecía importante se convirtió en infernal.

Un mañana estaba durmiendo, y no recuerdo con que soñaba, pero lo que si recuerdo fue el despertar. Un sonido parecido al de un martillo hidráulico mezclado con la mejor taladradora Black&Deker comenzó a las ocho y media de la mañana a destrozar mi silencio. Yo, que además soy vampírico en mis horarios, me desperté de repente, aún en otro mundo y preocupado por la vibración repentina que se había apoderado de mi casa. Instantaneamente vino el horroroso sonido, voz endiablada del mal que desde entonces no solo taladra los muros sino que también destroza mis nervios.

Aquello duró dos o tres semanas, y fue solo el preámbulo de lo que vendría. Tras acabar con la fachada comenzaron las obras en el interior del portal, con sus martillazos en eco continuos, sus taladros y sus golpes. Dormir o descansar era imposible. Luego empezaron a arreglar también el tejado, y escuchaba justo encima mía, a menos de dos metros, el martilleo y el taladro que usaban para cambiar toda la estructura. Los golpes, los gritos, las voces, la radial, el ruido. Intentaba dormir en otros sitios, para poder recuperar las energías perdidas, pero tendría que haberme olido algo de lo que me esperaba porque, en los sitios a los que iba, de una manera o de otra, siempre se terminaba escuchando algún cercano o lejano martillar.

No recuerdo cuanto tiempo duro aquello, pero si diría que fueron más de seis meses. Mis padres ya habían regresado a su hogar cuando los golpes y las obras finalmente un día acabaron. En las siguientes semanas, cuando llegaba por la noche y subía a mi piso en el nuevo ascensor, entraba en mi cama sonriendo porque sabía que podría descansar. Iluso de mi.

De repente la casa vibró. Abrí los ojos y reconocí el peculiar martilleo repetitivo de intentar desnudar las paredes. En esta ocasión no sonaba por fuera o por arriba. Ahora tocaba por abajo. Los dueños del edificio tenían pendientes de venta algunas de las casas con bicho u ocupante –como la mía-, y en las que habían conseguido deshacerse del inquilino empezaron las obras casi inmediatamente después de acabar las del edificio. Tras unas semanas de tranquilidad volvieron los golpes y el desvelo. Ni con tapones se podía evitar el ruido. Si no lo oías notabas la vibración, tan fuerte y tan metida dentro del cerebro que tampoco dejaba dormir.

El piso de abajo estuvo de obras como dos o tres meses -quizá mas, no lo recuerdo exactamente- y cuando acabaron ahí los golpes y los zumbidos empezaron en otras casas. Llegó una etapa de semi-tranqulidad. Aunque de vez en cuando llegaba el eco de las obras a través de las ventanas o del portal, más o menos se podía soportar. Además recupere parcialmente mi profundidad al dormir, y mientras la casa no vibrara conseguía conciliar el sueño sin apenas molestias.

En aquella época hice mi segunda visita a Holanda, ya con la idea en la cabeza de venirme aquí a pasar una temporada. Mi intención inicial era irme a la bonita ciudad de Leiden, y cuando cogí el tren para visitarla vi de nuevo que el destino me aguardaba. Según íbamos disminuyendo la velocidad y aproximandonos a la estación se comenzó a escuchar un continuo martillar, pero esta vez mucho más fuerte y omnipresente que a los que estaba acostumbrado. Era como si el mismísimo martillo de Thor golpeara el planeta cada dos o tres segundos. Baje del vagón y busqué con la mirada el origen de aquel ruido. Y entonces vi, junto a la estación, un solar en el que estaban usando una máquina enorme con la que hacer agujeros en el suelo para meter vigas que eviten los corrimientos de tierra. Me reí ante la idea de que siendo esa la ciudad a la que me quería mover -aunque aún me quedara tiempo para hacerlo- encontrara allí ruidos de obra de esa magnitud. Me puse los cascos y, paseando con el insistente sonido del martillo de Thor, empecé a albergar mi idea de que las obras me perseguían.

Volví a Madrid, y nada más hacerlo -apenas unas horas después de llegar- la vida me dijo que si, que por alguna extraña razón el destino me quería continuamente de reforma.

Si pensamos en mi casa de aquel entonces como un cubo de seis caras podemos decir que hasta ahora había habido obras en las zonas inmediatas de cinco de esas caras: Arriba, abajo, de frente, atrás e izquierda. Aquel día que volví, como no podía ser de otra manera, empezó el ruido en el lado derecho –o quizá llevaba unos días, no lo sé-. Los dueños del edificio habían conseguido vender ese piso, y los nuevos compradores lo querían rehabilitar. Pared con Pared.

Durante mi primera mañana de regreso a Madrid, estando yo durmiendo placidamente con la cabeza descansando sobre el sofá, apoyada en un cojín y completamente KO, teniendo a menos de treinta centímetros de mis oídos la pared junto al sofá, de repente, sin previo aviso, comenzaron a taladrar, martillear y destrozar. Pared con pared, again. Pegué un saltó de cómic y empecé a blasfemar. Sé que la gente necesita sus obras, pero yo necesito descansar.

Dejé esa casa unos meses después, no por los ruidos que aún continuaban de vez en cuando taladrandome directamente la medula espinal, sino porque quería emprender mi “aventura holandesa”. Además mi contrato de alquiler estaba a punto de expirar, y conseguí irme antes cobrando algún dinero –pero como diría Ende... “eso es otra historia”-. El caso es que viví en Madrid aún algunos meses, alternando mi estancia entre la casa de mis padres, la oficina en la que a veces curramos y un laboratorio fotográfico que tenemos en un lugar que llamamos “El Torreón”. En los dos primeros no había muchos ruidos- seré franco y diré que no recuerdo ninguno, a no ser algún martilleo domestico aislado-, pero los días que fui al Torreón a dormir tampoco podía descansar. En la plaza que había justo delante, un bonito lugar con una mejor vista desde el sitio donde dormía, empezaron unas obras municipales que no recuerdo que es lo que pretendían arreglar. Solo recuerdo su ruido, su martillo hidráulico real levantando pavimento un día si y otro también.

Finalmente me vine a Holanda, no huyendo del ruido pero si deseando no encontrarlo. Una vez más los datos me confirman que las obras van donde voy yo.

Nada más llegar a este país viví un mes y pico –casi dos- en casa de la familia de mi amigo Manolín. Está situada en la ciudad de Hoofddorp, que sería como Las Rozas o Alcorcón si en lugar de estar junto a Amsterdam estuviese junto a Madrid. Hoofddorp se puede considerar de la Holanda profunda, en el sentido de que es solo un sitio donde se vive, pero en el que raramente se sale. A partir de las siete de la tarde es difícil ver gente en sus calles –al menos en invierno es así- y sus centro neurálgicos son los centros comerciales y las tiendas que hay alrededor.

Las veces que había visitado Holanda previamente también había vivido allí. Cerquísima de casa de mis amigos, torciendo a la derecha y a menos de un minuto, se encontraba uno de estos centros comerciales de los que hablo, Y digo se encontraba porque, unos días antes de llegar yo, lo acababan de empezar a demoler. Lo iban tirando por partes, empezando sin excepción todos los días a las ocho y media de la mañana. Al poco de llegar yo pusieron también una máquina como la que había visto en Leiden. Por lo visto van a volver a construirlo desde cero –lógico teniendo en cuenta que no han dejado ni un centímetro de lo construido- y para eso necesitan agujerear el suelo y meter vigas que eviten los ya citados movimientos del terreno. Ya no vivo allí, pero cuando visito a mis amigos me cuentan que su sueño se sigue interrumpiendo a causa del martillo de Thor, que ha abandonado Leiden para soltar su maldición sobre ellos cada dos o tres segundos. Como digo ya no vivo allí, pero aquí en Haarlem también tengo lo mío.

La verdad es que todo iba bastante bien. Vivo frente a un plaza peatonal, y eso además de brindarme una bonita vista me ha permitido sorprenderme por la velocidad con la que llevan a cabo las obras municipales en este lugar. Y esto lo digo de verdad en sentido positivo.

Desde que vivo aquí creo que han levantado partes del suelo de la plaza en dos o tres ocasiones. En todas ellas me ha despertado el consabido martillo hidráulico. He mirado por mis literalmente enormes ventanas que dan a la plaza y he entendido por qué sonaba como si estuvieran en mi cocina. Suelo dormir en el salón –siempre he preferido un buen sofá a una buena cama- y teniendo en cuenta que hay más cristal que pared entre la plaza y donde duermo, no es de extrañar que el sonido sea como si estuviese realmente junto a ellos. La primera vez que vi lo que estaban haciendo sentí pánico, pensando que el ruido duraría un mínimo de días y un máximo de a saber. Me fui a la habitación, aislada de ventanas y del exterior, y como estaba muy cansado conseguí dormir algo. En algún momento me levanté, y miré por la ventana para asustarme aún más. Lo que antes era un trocico ahora era un gran trozo. El martillo continuaba aunque esta vez con mayores pausas entre sus usos. Volví a la cama y me volví a dormir. Me levanté pasadas unas horas y volví a mirar por la ventana. No daba crédito a lo que veía. Lo que hacia apenas un rato estaba levantado ya estaba casi como si nada hubiese pasado. Los obreros daban los últimos toques a la ya terminada reparación. A la mañana siguiente ya no hubo ruidos. Eso es lo que se llama una molestia aceptable.

Como decía eso ha pasado en dos o tres ocasiones, con igual rapidez de arreglar el estropicio. Aparte de eso, de la música de algunos vecinos insomnes y de la máquina que limpia la plaza a las seis de la mañana –que más parece que está podando con una sierra eléctrica cada uno de los árboles que la decoran-, no había ruidos molestos a destacar. Además, de haberlos, no eran de obra, sino de lo que se dice la vida y el discurrir de una plaza con mucha marcha.

En este tiempo que llevó aquí he hecho un par de visitas a Madrid. Allí he pasado el tiempo entre la casa de mis padres y la oficina en la que intentamos currar. Más en este segundo sitio que en el primero, ya que en el edificio de mis papis hay dos casas en proceso de reforma. A las nueve de la mañana empiezan los ruidos, en este caso en stereo, no sabiendo si la vibración que no te deja dormir viene de una de las obras y el ruido que te despierta viene de la otra. Tras quince días de visita me volví para acá, alejándome de mis seres queridos pero acercándome a la posibilidad de dormir tranquilamente. Y era así hasta la semana pasada, cuando el infierno llamó a mi puerta y me volvió a visitar.

El día de autos me había acostado tarde. De repente llamaron a mi puerta con insistencia. La abrí y era el casero. Yo no esperaba su visita, pero como llevaba unos días sin calefacción supuse que venía a mirar algo de eso. Me dijo que efectivamente venía a mirar la caldera. No se por qué pensé que entraría a mirar mis calefactores, a purgarlos o algo así... no sé. Mi sorpresa fué cuando se dirigió a la cocina. Resulta que tras uno de los muebles hay una pared de madera falsa, y tras ella pasan los tubos de la calefacción que se reparten por el edificio. Llegaron varios obreros, y fueron con él a la cocina. Yo les dejé obrar, confiando en lo que tuviesen que hacer para pasar por fin de nuevo una noche con calefacción. Como la cosa iba para rato y el owner -dueño- vio la cara de sueño que tenía me dijo que si quería me fuese a dormir. Le dije que vale y lo hice. Oía ruidos pero nada molesto. Pensé que en un rato se habrían ido.


Habían llegado aproximadamente a las diez de la mañana, y cuando yo me levanté a las doce aún seguían ahí. Habían desmontado gran parte de la cocina y estaban enfrascados arreglando no se exactamente qué. A la una aproximadamente les dejé allí, pues tenía que ir al aeropuerto a recoger a mi amigo Colchón, que venía de visita y con intención de descansar. Visitarme me visitó, descansar no creo que tanto.

Cuando volvimos del aeropuerto aún seguían ahí, habiendo desarmado aun más parte de la cocina y toqueteando tuberías. Afortunadamente nada requería obra, solo armar y desarmar. Nos fuimos a dar una vuelta y cuando regresamos lo encontramos todo recogido y ordenado y terminado. Comprobamos que la calefacción funcionaba y salimos a tomar algo para celebrarlo. No sabíamos que al día siguiente veríamos que no había nada que celebrar.

Debajo de mi casa hay un bar, o al menos lo había. Ahora mismo no se sabe muy bien que es lo que es, excepto un nido de obreros con muchas ganas de taladrar. El primer día de la estancia de mi amigo aquí de repente la casa comenzó a retumbar. Fue como si volviese en un suspiro a mis tiempos de rehabilitación urbanística en Méndez Álvaro. Aquí las paredes son casi casi de cartón, y además no se como son los muros de este edificio pero es tocar uno y todo ello se mueve -de hecho mi casa vibra continuamente, desde que vivo aquí… pero eso es también otra historia-. Al principio pensé que estarían tratando de terminar de reparar algo de la caldera, pero cuando bajé a la calle con los nervios en punta vi que no. Un miniequipo de demolición estaba encargado de tirar abajo el lugar, a martillazo y taladrazo limpio, ayudados de la siempre indispensable y maldita lijadora de mano con la que levantar el yeso y conseguir tocar, aparentemente, todos los puntos de la casa que más ruido puedan hacer. Colchón no pudo descansar en el tiempo que estubo aquí, pero la parte positiva es que por narices hemos tenido que madrugar y salir pronto a visitar lugares, o al menos a desayunar fuera de casa. Yo hacía mucho tiempo que no madrugaba tanto, no al menos sin usar un despertador - ya se encargan los obreros de despertarme-. He intentado quedarme en casa aunque no fuese para dormir, pues tenía que currar con el ordenador, pero ni con los cascos puestos a todo meter dejaba de notar una vibración infernal que me impedía trabajar. Sonaba mas el sonido del taladro que el sonido de mis cascos a un volumen brutal. Literal.

Llevan casi dos semanas así, sin dejarme dormir continuamente en ningún momento. Ahora al menos parece que los espacios entre taladro y taladro empiezan a ser mas largos, y entiendo que en no mucho pasarán a no hacer el ruido infernal. Espero que en breve pueda relajarme y olvidarme por las noches de que posiblemente a la mañana siguiente no pueda dormir. Creo que me estresa más eso que el propio ruido... el no saber si mañana podré dormir o no…no… ni de coña…no... rectifico: lo que más me estresa es el ruido, si. Tengo ya en el cerebro un resorte que me hace despertar al mas mínimo martillazo doméstico. Puedes ponerme un altavoz en la cabeza a todo volumen que lo mismo no me despierto, pero como un vecino del edificio de enfrente esté clavando una escarpia, y las ondas sonoras de ese golpe lleguen aunque sea minimamente a mis oídos, mis ojos se abren y me pongo en alarma. Si existe el infierno el mío tendrá, de banda sonora, sonido de obra pared con pared, taladrando una y otra vez mis neuronas, mis nervios, mi cerebro. El puto ruido infernal.

(Aquí acababa el post original subido en la mañana del domingo... pero he tenido que actualizarlo)


PD: No doy crédito a mis oídos. Son las 23:30 del domingo y, a pesar de lo que se pueda pensar sobre el respeto a los horarios en Holanda, algún vecíno maldito o vecina maldita lleva más de media hora dando martillazos en su pared. No quiero gritar porque no soy de los de montar un espectáculo, pero confieso que ganas no me faltan. Solo espero que acabe pronto de colgar su enorme colección de cuadros. porque sino voy a ser yo el que lo acabe colgando a él, o a ella.

PD2: Flipo, reflipo y megaflipo. Sé que puede parecer que todo es una invención, y que como hoy he puesto este post ahora fantaseo un poco sobre mi relación con las reformas y la obsesión que estas parecen tener por mí. Ojalá fuera así. Todo lo contado es cierto, como también lo es lo que voy a contar.

Son la 1:00 de la madrugada ya del lunes. Los martillazos que yo, extrañado por su duración, atribuía a un vecino colgando cuadros o fabricando muebles, resulta que no, que son, como siempre, sonidos de obra. Los martillazos clavaescarpias han pasado a martillazos tiramuros, como si Thor hubiese mandado a su hermano pequeño a derrumbar lo que quede de pared del ex-bar de debajo de mi casa. No contentos con eso están también tirando escombros, haciendo de cuando en cuando un ruido de ladrillos chocando contra el suelo de la plaza que atraviesa mis ventanas y penetra en mis sentidos. Luego vuelven dentro y vuelven a golpear. Increíble. Estoy esperando a que algún otro vecino, ya no de mi edificio sino de la plaza, llame a la policía o les llame simplemente la atención. Lo haría yo, pero además de que no quiero tener protagonismo tampoco me apetece ponerme a explicarles a ellos o a un policía holandés mi aventura vital con las obras y con esta en particular. Prefiero tirarme a por él policía, robarle el arma y cargarme a tiros a cada uno de los obreros. Puede que así consiga silencio, aunque sea en el calabozo de la comisaría. Luego seguro que, con la suerte que tengo, me mandan a una cárcel holandesa en proceso de reconstrucción.

PD3: Son las 2:00 de la madrugada y, aunque parezca sacado de la mente retorcida de algún escritor de novelas de terror psicológico, los golpes suenan cada vez más fuertes, como si estuviesen queriendo ir buscando poco a poco los puntos clave de la estructura, pero sólo en términos acústicos. Al principio parecían ser conscientes de lo indecente de lo que estaban haciendo, formando un ruido insano en cualquier situación pero más aún en estas horas de la madrugada, pero es como si se hubiesen ido creciendo, y ahora mismo se les oye actuar como si fueran las dos de la tarde. Siguen también sacando escombros de vez en cuándo, y se permiten echarse un piti mientras charlan a gritos bajo mi ventana. Me dan ganas de tirarles un cubo de agua, o de aceite hirviendo para que se hagan una idea de lo que es el infierno. Malditos pajes de Satán disfrazados de obreros.

PD4: 2:11 A.M. Acaba de llegar la policía, lo cuento online tal y como pasa. Yo no he sido quien ha llamado, pero sí algún alma del vecindario harta de encontrarse en el purgatorio sólo porque el desgraciado del dueño del ex-bar lo ha decidido así. Escucho a los agentes hablar con los obreros, y naturalmente han parado los martillazos. Como hablan en holandés no sé lo que dicen, pero me escama que estén junto a los escombros y los señalen tanto. No me extrañaría que solo les llamasen la atención por tirar las cosas en donde no deben, en lugar de abroncarles por el tremendo estruendo que han estado formando. That's the Dutch Way of Life. Los policías se suben en su coche y se van. No sé que es lo que va a ocurrir ahora. Espero que los martillos no vuelvan a empezar.

Parece que no, se han marchado hace ya un rato y el ruido no ha regresado. Apago la tele y disfruto del silencio, solo roto por los murmullos de los obreros que aunque no martillean aún siguen hablando. El ruido infernal parece que ha cesado. Si este post no continúa es que, por hoy, ha sido así.

PD5: 2.40 A.M. Los martillazos han vuelto, pero esta vez paran cada muy poco como para que no se note, y además parece que no los dieran con todas sus ganas. Yo me voy a poner los cascos a ver si me duermo viendo una peli o similar. Lo que es seguro es que tomorrow morning -en apenas unas horas- será otro cantar- o taladrar. Mañana por la mañana otro ruido será. Apuesto lo que sea a que también es infernal.

domingo, 22 de marzo de 2009

Sunday Peregraph 1x00 - Piloto

Mañana de Domingo en Haarlem, y aunque hablar del tiempo suele tomarse como lo que se comenta cuando no tiene nada que comentar, tengo que hablar del Sol.
Holanda ha sido para mi, hasta ahora, oscura. No solo porque hasta hace poco se hiciese de noche a las cinco de la tarde, sino porque las nubes parecían ser el único decorado posible de este país cuando mirabas hacia arriba. Ahora no solo anochece casi a las siete de la tarde (guau), sino que los últimos días el Sol parece querer tener un protagonismo que no pensaba yo que aquí fuese capaz de tener. Miro por la ventana y veo no solo luz, sino también calor. Es una delicia pasear junto a los canales sin a la vez estar muriéndose de frío.
Me habían avisado de que este país cambiaba, pero sinceramente no pensaba que lo fuera a notar tanto. También me avisan de que esta temperatura y este ambiente puede ser solo momentáneo, y que es muy posible es que en menos tiempo del que desearía vuelvan las nubes e incluso vuelva la nieve. El año pasado Holanda se volvió blanca en pleno mes de Abril.
...
Puntos suspensivos porque he salido a dar una vuelta. Ha sido poner un pie en la calle y aparecer las primeras nubes. El sol se ha ocultado pero al menos el frío glacial no ha vuelto. Las noches si que siguen siendo frías, sobretodo desde que me han cortado la calefacción central. Ha sido aparecer dos días el Sol y los dueños del edificio han decidido apagar la caldera, no sea que gaste. Se nota que no viven aquí. Eso y la racanería holandesa, algo que por lo visto no es poco habitual.
Ahora ya es de noche. El frío no esta aquí conmigo pero supongo que no tardará en llegar. Mis musicales vecinos –esos que hasta hace algo más de dos semanas no bajaban el estruendoso volumen de la música hasta las cuatro de la mañana- parece que han abandonado el edificio. Voy a la cocina y abro mi nevera. Me sirvo una deliciosamente fresca cerveza de trigo –aquí es más fácil encontrar beer que water-, me vengo de nuevo al salón y me siento frente al ordenador. En la calle que veo a través del cristal se escuchan voces y algún grito divertido… ¿Quién dijo que los holandeses eran gente silenciosa? Quizá el resto de Holanda sea así, pero me temo que me he venido a de los escasos puntos negros de ruido que debe de haber por aquí. En los momentos tranquilos, a veces, se escuchan cascos de caballos. Si me levanto, miro por la ventana y busco su causa, posiblemente pueda ver a un par de policías montados en lustrosos equinos. Mirándoles me imagino lo que ellos deben de ver: Un señor bajito en exposición tras una enorme ventana y que les acompaña con la vista en su lento trotar. No me dicen nada y siguen su camino. No les digo nada y me vuelvo a sentar.
Noche de domingo en Haarlem. Hoy quería empezar este blog y no sabía muy bien que es lo que quería contar. Ahora que el Sol se ha ido no se cómo continuar, y además mi trabajo alimenticio frente al ordenador me impide salir a Holanda todo lo que quisiese, tanto mental como físicamente. Dejo escrito esto a modo de prueba. Dejo escrito esto a modo de piloto. El Sunday Peregrafh comienza su trotar. Esperemos no partirnos ningún tobillo por el camino.