
Una cosa está clara: continuamente hay en el planeta -en algún sitio- una casa, edificio o calle que está en obras. Empiezo a pensar otra cosa, quizá menos probable pero casi más demostrable: las obras me persiguen.
Todo empezó hace un par de años más o menos, cuando vivía en un edificio pegado a Méndez Álvaro. No era un edificio moderno, sino más bien uno antiguo y descuidado, cuyo alquiler era de un precio bastante razonable. Mi piso era distinto -no en cuanto a precio sino a la necesidad de reforma-, ya que sus antiguos inquilinos lo habían modernizado un poco. No necesitaba reparaciones pero era de esos sitios que aún tienen gas butano. Mis padres estaban viviendo conmigo, pasando una temporada huyendo de sus propias obras. Su casa estaba siendo rehecha casi completamente y, como digo, vinieron conmigo en busca de tranquilidad y un sitio donde descansar. Nada más lejos de la realidad.
Un día llegaron los nuevos dueños –mientras vivía allí el edificio cambió de manos- y me avisaron de que en breve lo iban a rehacer prácticamente todo. Iban a poner ascensor, a arreglar la fachada, a mejorar las escaleras, a cambiar el tejado, etc. Vivía en el último piso, y encima mío solo tenía un falso techo y sobre este, a poco mas de un metro, el tejado de teja que cubría todo el edificio. Mi casa, además de no tener nada encima, tenía dos paredes que por un lado eran mi casa y por el otro eran muro exterior. Parece un dato sin importancia, pero cuando empezaron a reparar el exterior y para eso necesitaban amartillar y picar toda pared externa, lo que no parecía importante se convirtió en infernal.

Un mañana estaba durmiendo, y no recuerdo con que soñaba, pero lo que si recuerdo fue el despertar. Un sonido parecido al de un martillo hidráulico mezclado con la mejor taladradora Black&Deker comenzó a las ocho y media de la mañana a destrozar mi silencio. Yo, que además soy vampírico en mis horarios, me desperté de repente, aún en otro mundo y preocupado por la vibración repentina que se había apoderado de mi casa. Instantaneamente vino el horroroso sonido, voz endiablada del mal que desde entonces no solo taladra los muros sino que también destroza mis nervios.
Aquello duró dos o tres semanas, y fue solo el preámbulo de lo que vendría. Tras acabar con la fachada comenzaron las obras en el interior del portal, con sus martillazos en eco continuos, sus taladros y sus golpes. Dormir o descansar era imposible. Luego empezaron a arreglar también el tejado, y escuchaba justo encima mía, a menos de dos metros, el martilleo y el taladro que usaban para cambiar toda la estructura. Los golpes, los gritos, las voces, la radial, el ruido. Intentaba dormir en otros sitios, para poder recuperar las energías perdidas, pero tendría que haberme olido algo de lo que me esperaba porque, en los sitios a los que iba, de una manera o de otra, siempre se terminaba escuchando algún cercano o lejano martillar.
No recuerdo cuanto tiempo duro aquello, pero si diría que fueron más de seis meses. Mis padres ya habían regresado a su hogar cuando los golpes y las obras finalmente un día acabaron. En las siguientes semanas, cuando llegaba por la noche y subía a mi piso en el nuevo ascensor, entraba en mi cama sonriendo porque sabía que podría descansar. Iluso de mi.

De repente la casa vibró. Abrí los ojos y reconocí el peculiar martilleo repetitivo de intentar desnudar las paredes. En esta ocasión no sonaba por fuera o por arriba. Ahora tocaba por abajo. Los dueños del edificio tenían pendientes de venta algunas de las casas con bicho u ocupante –como la mía-, y en las que habían conseguido deshacerse del inquilino empezaron las obras casi inmediatamente después de acabar las del edificio. Tras unas semanas de tranquilidad volvieron los golpes y el desvelo. Ni con tapones se podía evitar el ruido. Si no lo oías notabas la vibración, tan fuerte y tan metida dentro del cerebro que tampoco dejaba dormir.
El piso de abajo estuvo de obras como dos o tres meses -quizá mas, no lo recuerdo exactamente- y cuando acabaron ahí los golpes y los zumbidos empezaron en otras casas. Llegó una etapa de semi-tranqulidad. Aunque de vez en cuando llegaba el eco de las obras a través de las ventanas o del portal, más o menos se podía soportar. Además recupere parcialmente mi profundidad al dormir, y mientras la casa no vibrara conseguía conciliar el sueño sin apenas molestias.

En aquella época hice mi segunda visita a Holanda, ya con la idea en la cabeza de venirme aquí a pasar una temporada. Mi intención inicial era irme a la bonita ciudad de Leiden, y cuando cogí el tren para visitarla vi de nuevo que el destino me aguardaba. Según íbamos disminuyendo la velocidad y aproximandonos a la estación se comenzó a escuchar un continuo martillar, pero esta vez mucho más fuerte y omnipresente que a los que estaba acostumbrado. Era como si el mismísimo martillo de Thor golpeara el planeta cada dos o tres segundos. Baje del vagón y busqué con la mirada el origen de aquel ruido. Y entonces vi, junto a la estación, un solar en el que estaban usando una máquina enorme con la que hacer agujeros en el suelo para meter vigas que eviten los corrimientos de tierra. Me reí ante la idea de que siendo esa la ciudad a la que me quería mover -aunque aún me quedara tiempo para hacerlo- encontrara allí ruidos de obra de esa magnitud. Me puse los cascos y, paseando con el insistente sonido del martillo de Thor, empecé a albergar mi idea de que las obras me perseguían.
Volví a Madrid, y nada más hacerlo -apenas unas horas después de llegar- la vida me dijo que si, que por alguna extraña razón el destino me quería continuamente de reforma.

Si pensamos en mi casa de aquel entonces como un cubo de seis caras podemos decir que hasta ahora había habido obras en las zonas inmediatas de cinco de esas caras: Arriba, abajo, de frente, atrás e izquierda. Aquel día que volví, como no podía ser de otra manera, empezó el ruido en el lado derecho –o quizá llevaba unos días, no lo sé-. Los dueños del edificio habían conseguido vender ese piso, y los nuevos compradores lo querían rehabilitar. Pared con Pared.
Durante mi primera mañana de regreso a Madrid, estando yo durmiendo placidamente con la cabeza descansando sobre el sofá, apoyada en un cojín y completamente KO, teniendo a menos de treinta centímetros de mis oídos la pared junto al sofá, de repente, sin previo aviso, comenzaron a taladrar, martillear y destrozar. Pared con pared,
again. Pegué un saltó de cómic y empecé a blasfemar. Sé que la gente necesita sus obras, pero yo necesito descansar.
Dejé esa casa unos meses después, no por los ruidos que aún continuaban de vez en cuando taladrandome directamente la medula espinal, sino porque quería emprender mi “aventura holandesa”. Además mi contrato de alquiler estaba a punto de expirar, y conseguí irme antes cobrando algún dinero –pero como diría Ende... “eso es otra historia”-. El caso es que viví en Madrid aún algunos meses, alternando mi estancia entre la casa de mis padres, la oficina en la que a veces curramos y un laboratorio fotográfico que tenemos en un lugar que llamamos “El Torreón”.

En los dos primeros no había muchos ruidos- seré franco y diré que no recuerdo ninguno, a no ser algún martilleo domestico aislado-, pero los días que fui al Torreón a dormir tampoco podía descansar. En la plaza que había justo delante, un bonito lugar con una mejor vista desde el sitio donde dormía, empezaron unas obras municipales que no recuerdo que es lo que pretendían arreglar. Solo recuerdo su ruido, su martillo hidráulico real levantando pavimento un día si y otro también.
Finalmente me vine a Holanda, no huyendo del ruido pero si deseando no encontrarlo. Una vez más los datos me confirman que las obras van donde voy yo.
Nada más llegar a este país viví un mes y pico –casi dos- en casa de la familia de mi amigo Manolín. Está situada en la ciudad de Hoofddorp, que sería como Las Rozas o Alcorcón si en lugar de estar junto a Amsterdam estuviese junto a Madrid. Hoofddorp se puede considerar de la Holanda profunda, en el sentido de que es solo un sitio donde se vive, pero en el que raramente se sale. A partir de las siete de la tarde es difícil ver gente en sus calles –al menos en invierno es así- y sus centro neurálgicos son los centros comerciales y las tiendas que hay alrededor.

Las veces que había visitado Holanda previamente también había vivido allí. Cerquísima de casa de mis amigos, torciendo a la derecha y a menos de un minuto, se encontraba uno de estos centros comerciales de los que hablo, Y digo se encontraba porque, unos días antes de llegar yo, lo acababan de empezar a demoler. Lo iban tirando por partes, empezando sin excepción todos los días a las ocho y media de la mañana. Al poco de llegar yo pusieron también una máquina como la que había visto en Leiden. Por lo visto van a volver a construirlo desde cero –lógico teniendo en cuenta que no han dejado ni un centímetro de lo construido- y para eso necesitan agujerear el suelo y meter vigas que eviten los ya citados movimientos del terreno. Ya no vivo allí, pero cuando visito a mis amigos me cuentan que su sueño se sigue interrumpiendo a causa del martillo de Thor, que ha abandonado Leiden para soltar su maldición sobre ellos cada dos o tres segundos. Como digo ya no vivo allí, pero aquí en Haarlem también tengo lo mío.
La verdad es que todo iba bastante bien. Vivo frente a un plaza peatonal, y eso además de brindarme una bonita vista me ha permitido sorprenderme por la velocidad con la que llevan a cabo las obras municipales en este lugar. Y esto lo digo de verdad en sentido positivo.

Desde que vivo aquí creo que han levantado partes del suelo de la plaza en dos o tres ocasiones. En todas ellas me ha despertado el consabido martillo hidráulico. He mirado por mis literalmente enormes ventanas que dan a la plaza y he entendido por qué sonaba como si estuvieran en mi cocina. Suelo dormir en el salón –siempre he preferido un buen sofá a una buena cama- y teniendo en cuenta que hay más cristal que pared entre la plaza y donde duermo, no es de extrañar que el sonido sea como si estuviese realmente junto a ellos. La primera vez que vi lo que estaban haciendo sentí pánico, pensando que el ruido duraría un mínimo de días y un máximo de a saber. Me fui a la habitación, aislada de ventanas y del exterior, y como estaba muy cansado conseguí dormir algo. En algún momento me levanté, y miré por la ventana para asustarme aún más. Lo que antes era un trocico ahora era un gran trozo. El martillo continuaba aunque esta vez con mayores pausas entre sus usos. Volví a la cama y me volví a dormir. Me levanté pasadas unas horas y volví a mirar por la ventana. No daba crédito a lo que veía. Lo que hacia apenas un rato estaba levantado ya estaba casi como si nada hubiese pasado. Los obreros daban los últimos toques a la ya terminada reparación. A la mañana siguiente ya no hubo ruidos. Eso es lo que se llama una molestia aceptable.

Como decía eso ha pasado en dos o tres ocasiones, con igual rapidez de arreglar el estropicio. Aparte de eso, de la música de algunos vecinos insomnes y de la máquina que limpia la plaza a las seis de la mañana –que más parece que está podando con una sierra eléctrica cada uno de los árboles que la decoran-, no había ruidos molestos a destacar. Además, de haberlos, no eran de obra, sino de lo que se dice la vida y el discurrir de una plaza con mucha marcha.
En este tiempo que llevó aquí he hecho un par de visitas a Madrid. Allí he pasado el tiempo entre la casa de mis padres y la oficina en la que intentamos currar. Más en este segundo sitio que en el primero, ya que en el edificio de mis papis hay dos casas en proceso de reforma. A las nueve de la mañana empiezan los ruidos, en este caso en stereo, no sabiendo si la vibración que no te deja dormir viene de una de las obras y el ruido que te despierta viene de la otra. Tras quince días de visita me volví para acá, alejándome de mis seres queridos pero acercándome a la posibilidad de dormir tranquilamente. Y era así hasta la semana pasada, cuando el infierno llamó a mi puerta y me volvió a visitar.
El día de autos me había acostado tarde. De repente llamaron a mi puerta con insistencia. La abrí y era el casero. Yo no esperaba su visita, pero como llevaba unos días sin calefacción supuse que venía a mirar algo de eso. Me dijo que efectivamente venía a mirar la caldera. No se por qué pensé que entraría a mirar mis calefactores, a purgarlos o algo así... no sé. Mi sorpresa fué cuando se dirigió a la cocina. Resulta que tras uno de los muebles hay una pared de madera falsa, y tras ella pasan los tubos de la calefacción que se reparten por el edificio. Llegaron varios obreros, y fueron con él a la cocina. Yo les dejé obrar, confiando en lo que tuviesen que hacer para pasar por fin de nuevo una noche con calefacción. Como la cosa iba para rato y el owner -dueño- vio la cara de sueño que tenía me dijo que si quería me fuese a dormir. Le dije que vale y lo hice. Oía ruidos pero nada molesto. Pensé que en un rato se habrían ido.

Habían llegado aproximadamente a las diez de la mañana, y cuando yo me levanté a las doce aún seguían ahí. Habían desmontado gran parte de la cocina y estaban enfrascados arreglando no se exactamente qué. A la una aproximadamente les dejé allí, pues tenía que ir al aeropuerto a recoger a mi amigo Colchón, que venía de visita y con intención de descansar. Visitarme me visitó, descansar no creo que tanto.
Cuando volvimos del aeropuerto aún seguían ahí, habiendo desarmado aun más parte de la cocina y toqueteando tuberías. Afortunadamente nada requería obra, solo armar y desarmar. Nos fuimos a dar una vuelta y cuando regresamos lo encontramos todo recogido y ordenado y terminado. Comprobamos que la calefacción funcionaba y salimos a tomar algo para celebrarlo. No sabíamos que al día siguiente veríamos que no había nada que celebrar.
Debajo de mi casa hay un bar, o al menos lo había. Ahora mismo no se sabe muy bien que es lo que es, excepto un nido de obreros con muchas ganas de taladrar. El primer día de la estancia de mi amigo aquí de repente la casa comenzó a retumbar. Fue como si volviese en un suspiro a mis tiempos de rehabilitación urbanística en Méndez Álvaro.

Aquí las paredes son casi casi de cartón, y además no se como son los muros de este edificio pero es tocar uno y todo ello se mueve -de hecho mi casa vibra continuamente, desde que vivo aquí… pero eso es también otra historia-. Al principio pensé que estarían tratando de terminar de reparar algo de la caldera, pero cuando bajé a la calle con los nervios en punta vi que no. Un miniequipo de demolición estaba encargado de tirar abajo el lugar, a martillazo y taladrazo limpio, ayudados de la siempre indispensable y maldita lijadora de mano con la que levantar el yeso y conseguir tocar, aparentemente, todos los puntos de la casa que más ruido puedan hacer. Colchón no pudo descansar en el tiempo que estubo aquí, pero la parte positiva es que por narices hemos tenido que madrugar y salir pronto a visitar lugares, o al menos a desayunar fuera de casa. Yo hacía mucho tiempo que no madrugaba tanto, no al menos sin usar un despertador - ya se encargan los obreros de despertarme-. He intentado quedarme en casa aunque no fuese para dormir, pues tenía que currar con el ordenador, pero ni con los cascos puestos a todo meter dejaba de notar una vibración infernal que me impedía trabajar. Sonaba mas el sonido del taladro que el sonido de mis cascos a un volumen brutal. Literal.

Llevan casi dos semanas así, sin dejarme dormir continuamente en ningún momento. Ahora al menos parece que los espacios entre taladro y taladro empiezan a ser mas largos, y entiendo que en no mucho pasarán a no hacer
el ruido infernal. Espero que en breve pueda relajarme y olvidarme por las noches de que posiblemente a la mañana siguiente no pueda dormir. Creo que me estresa más eso que el propio ruido... el no saber si mañana podré dormir o no…no… ni de coña…no... rectifico: lo que más me estresa es el ruido, si. Tengo ya en el cerebro un resorte que me hace despertar al mas mínimo martillazo doméstico. Puedes ponerme un altavoz en la cabeza a todo volumen que lo mismo no me despierto, pero como un vecino del edificio de enfrente esté clavando una escarpia, y las ondas sonoras de ese golpe lleguen aunque sea minimamente a mis oídos, mis ojos se abren y me pongo en alarma. Si existe el infierno el mío tendrá, de banda sonora, sonido de obra pared con pared, taladrando una y otra vez mis neuronas, mis nervios, mi cerebro. El puto ruido infernal.
(Aquí acababa el post original subido en la mañana del domingo... pero he tenido que actualizarlo)PD: No doy crédito a mis oídos. Son las 23:30 del domingo y, a pesar de lo que se pueda pensar sobre el respeto a los horarios en Holanda, algún vecíno maldito o vecina maldita lleva más de media hora dando martillazos en su pared. No quiero gritar porque no soy de los de montar un espectáculo, pero confieso que ganas no me faltan. Solo espero que acabe pronto de colgar su enorme colección de cuadros. porque sino voy a ser yo el que lo acabe colgando a él, o a ella.
PD2: Flipo, reflipo y megaflipo. Sé que puede parecer que todo es una invención, y que como hoy he puesto este post ahora fantaseo un poco sobre mi relación con las reformas y la obsesión que estas parecen tener por mí. Ojalá fuera así. Todo lo contado es cierto, como también lo es lo que voy a contar.

Son la 1:00 de la madrugada ya del lunes. Los martillazos que yo, extrañado por su duración, atribuía a un vecino colgando cuadros o fabricando muebles, resulta que no, que son, como siempre, sonidos de obra. Los martillazos clavaescarpias han pasado a martillazos tiramuros, como si Thor hubiese mandado a su hermano pequeño a derrumbar lo que quede de pared del ex-bar de debajo de mi casa. No contentos con eso están también tirando escombros, haciendo de cuando en cuando un ruido de ladrillos chocando contra el suelo de la plaza que atraviesa mis ventanas y penetra en mis sentidos. Luego vuelven dentro y vuelven a golpear. Increíble. Estoy esperando a que algún otro vecino, ya no de mi edificio sino de la plaza, llame a la policía o les llame simplemente la atención. Lo haría yo, pero además de que no quiero tener protagonismo tampoco me apetece ponerme a explicarles a ellos o a un policía holandés mi aventura vital con las obras y con esta en particular. Prefiero tirarme a por él policía, robarle el arma y cargarme a tiros a cada uno de los obreros. Puede que así consiga silencio, aunque sea en el calabozo de la comisaría. Luego seguro que, con la suerte que tengo, me mandan a una cárcel holandesa en proceso de reconstrucción.
PD3: Son las 2:00 de la madrugada y, aunque parezca sacado de la mente retorcida de algún escritor de novelas de terror psicológico, los golpes suenan cada vez más fuertes, como si estuviesen queriendo ir buscando poco a poco los puntos clave de la estructura, pero sólo en términos acústicos. Al principio parecían ser conscientes de lo indecente de lo que estaban haciendo, formando un ruido insano en cualquier situación pero más aún en estas horas de la madrugada, pero es como si se hubiesen ido creciendo, y ahora mismo se les oye actuar como si fueran las dos de la tarde. Siguen también sacando escombros de vez en cuándo, y se permiten echarse un piti mientras charlan a gritos bajo mi ventana. Me dan ganas de tirarles un cubo de agua, o de aceite hirviendo para que se hagan una idea de lo que es el infierno. Malditos pajes de Satán disfrazados de obreros.

PD4: 2:11 A.M. Acaba de llegar la policía, lo cuento online tal y como pasa. Yo no he sido quien ha llamado, pero sí algún alma del vecindario harta de encontrarse en el purgatorio sólo porque el desgraciado del dueño del ex-bar lo ha decidido así. Escucho a los agentes hablar con los obreros, y naturalmente han parado los martillazos. Como hablan en holandés no sé lo que dicen, pero me escama que estén junto a los escombros y los señalen tanto. No me extrañaría que solo les llamasen la atención por tirar las cosas en donde no deben, en lugar de abroncarles por el tremendo estruendo que han estado formando.
That's the Dutch Way of Life. Los policías se suben en su coche y se van. No sé que es lo que va a ocurrir ahora. Espero que los martillos no vuelvan a empezar.
Parece que no, se han marchado hace ya un rato y el ruido no ha regresado. Apago la tele y disfruto del silencio, solo roto por los murmullos de los obreros que aunque no martillean aún siguen hablando. El ruido infernal parece que ha cesado. Si este post no continúa es que, por hoy, ha sido así.
PD5: 2.40 A.M. Los martillazos han vuelto, pero esta vez paran cada muy poco
como para que no se note, y además parece que no los dieran con todas sus ganas. Yo me voy a poner los cascos a ver si me duermo viendo una peli o similar. Lo que es seguro es que
tomorrow morning -en apenas unas horas- será otro cantar- o taladrar. Mañana por la mañana otro ruido será. Apuesto lo que sea a que también es infernal.