El sinsentido de la monarquía también se da en Holanda. El pasado jueves las calles pasaron de estar repletas de flores a estar repletas de gente andando por ellas. Era el día de la Reina, fiesta grande de Holanda y momento en el que todos los holandeses tienen permitido perder los papeles. Ese día -el 30 de Abril- se celebra el cumpleaños de la reina, aunque realmente no es la actual la que cumple años ese día. Es la fecha en la que los cumplia su madre -la antigua reina- y por no cambiar la fecha a cada nuevo/nueva chupoctero/chupoctera que herede el trono por ser hijo/hija de su madre o su padre se decidió establecer esa fecha como fecha eterna y oficial para la celebración. Ademas les viene bien, porque si hablamos de temperaturas, este es el mejor momento del año en Holanda. Asique ese día se sale a beber al solecito. Nadie les culpará si al día siguiente en el curro se les nota en la cara su excesiva resaca.La tarde anterior a la fiesta salí a dar un paseo por Haarlem, y me sorprendí encontrando todo el suelo de la ciudad “decorado” con distintas pintadas o tiras de esparadrapos varios que delimitaban distintas zonas. Gracias a que sabía algo lo que vendría al día siguiente entendí que es lo que era.
Resulta que los holandeses, expertos ellos en el arte de no tirar nada y reciclarlo, utilizan el día de fiesta nacional para seguir metiendo el máximo dinero posible en sus bolsillos. ¿Y como hacen eso? Pues porque en el día de la Reina no se pagan impuestos. En un país tan capitalista como este -ni siquiera se celebra el 1 de Mayo el día del trabajador- la manera que tienen de celebrar algo es ahorrando un dinerillo. El caso es que eso se traduce en que muchas tiendas abren, pero sobretodo en que muchísimos holandeses sacan a la calle todas sus antigüedades -o modernidades- y tratan de venderlas en la puerta de su casa. Los espacios pintados y delimitados con cinta aislante o tiza son los espacios reservados donde situar sus “mercancías”. La reina y su azul familia también salen a la calle en un desfile Real, algo normal y lógico en un día en el que se saca a la calle todo lo antiguo, viejo y pasado de moda.
Junto a esos sitios reservados se encontraban también muchos escenarios, esperando a recibir a sus artistas y “deleitar” a la población con su música. Música de todo tipo. La fiesta empieza realmente la noche anterior, en la Queen’s night, o noche de la Reina, en la que los escenarios se llenan y los bares y barras empiezan a funcionar. En cada rincón imaginable sitúan un grifo de cerveza con la que poder surtir a los “bebensales”, y andes por donde andes te encuentras aglomeraciones de gente con cervezas adosadas a sus manos. En mi plaza, como no podía ser de otra manera, el escenario portátil empezó a funcionar, “deleitando” mis oídos hasta las once y pico de la noche. No era un ruido molesto, pero si estaba la música en directo a un volumen tal que hablar aquí en mi casa se hacía complicado. Pero era ruido de fiesta, y eso es algo que nunca está mal. No como los ruidos de obra, que aunque siguen acompañándome hoy no quiero hablar de ellos.Por supuesto la feria seguía con sus atracciones -coches de choque, aspas y demás-, tanto aquí como en Amsterdam como en cualquier otro lugar. Noche de fiesta hasta que se van a descansar, sobretodo los que a la mañana siguiente bajan a sus puertas o a su lugar reservado en pleno centro para intentar sacar unos céntimos de Euro con los que poder aumentar un poco más su capital.
A la mañana siguiente, ya en el Día de la Reina en si, Holanda se transformó en un gigantesco Rastro madrileño. La música empezó en mi plaza a las once de la mañana, y con ella y tras tomar un café salí a pasear. Jamas había visto aquí tanta gente a la vez en las calles. Tras observar un poco el ambiente de mi zona salí a una de las calles principales, y aunque sabía más o menos con lo que me iba a encontrar, sinceramente me costó creer lo que veía. Las aceras estaban literalmente tomadas por puestos improvisados que ofrecían todo tipo de objetos, situados la mayoría sobre mantas tiradas en el pavimento que me hacían pensar que si aparecía la policía tirarían de unas cuerdecitas atadas a las esquinas de la tela y llevándose sus mercancías correrían como el mejor topmantero español.
Algunos situaban sus cosas sobre mesitas de camping, y otros lo ponían directamente en el suelo, sin ninguna protección. No quedaba un sitio libre, ni en el que poner un puesto ni por el que poder andar tranquilamente. Para ver el mercadillo había que entrar en una corriente de marea humana que te hacía andar a una velocidad de quinientos metros por hora. Exasperante.
Los bares estaba repletos; las barras improvisadas, abarrotadas; los distintos escenarios ofreciendo sus distintas músicas a todo aquel que quisiera oír. Un DJ en una esquina de la Groote Markt deleitaba los oídos de los espectadores tecnos que allí estaban -no en vano este país es el paraíso de la música electrónica. Mientras, en la otra esquina de la plaza, un magnífico grupo del que ignoro el nombre tocaba blues haciendo entrar en éxtasis a los que a escucharlos acudían. En otra calle había un grupo de autentico rock, y en la puerta de mi casa, en el escenario improvisado, un curioso grupo de gente disfrazada tocaba una música que, si bien no estaba mal tocada, tampoco pasará a la historia. En prácticamente cada bar habían colocado un escenario propio, en el que o bien un DJ o bien un grupo se dedicaba a amenizar la escucha de los que ahí bebían. El lugar entero en fiestas, el lugar entero abarrotado. Poco a poco cada vez los holandeses más bebidos, mas alegres y más fiesteros. Parecen perder la rectitud a la que nos tienen acostumbrados.
Por la tarde los puestos desaparecen, y muchas de las cosas puestas a la venta y de las que sus vendedores solo pretendían desprenderse, quedan tiradas en las calles como esperando a que alguien las recoja. Pero hay cosas que ni gratis se lleva la gente. Cuando los puestos acaban ya solo queda el beber y, los que al principio de la mañana estaban ante los escenarios bailando casi sin moverse, a esas horas están viviendo la fiesta como si se encontraran en el mismísimo Woodstock.Al día siguiente, al despertar, todo había desaparecido. No quedaban casi vasos de plástico amontonados por el suelo e incluso las atracciones que había situadas en la Groote Mark se habian esfumado. Holanda volvió a su seria normalidad, esperando ya al año que viene para tener otra vez permiso real para divertirse.
Por desgracia este día de la Reina pasará a la historia no por el fiestón sino por la locura de un conductor que, intentando comprobar si la sangre real es azul, dejó las calles holandesas llenas de sangre roja. Ahora mismo las banderas de todo el pais se encuentran a media asta, luto nacional por las siete personas fallecidas. El causante de la desgracia es uno de los fallecidos, y si hubiese sobrevivido hubiese tenido que enfrentarse a una condena de cadena perpetua. Lo fuerte del tema es que esa condena no sería por matar a seis personas -por eso tendría su condena normal-, sino por haber atentado contra la familia real. Sinsentidos de un sinsentido mayor llamado monarquía.

Que pena Pere. Te echo mucho de menos.
ResponderEliminarUn abrazo