domingo, 19 de abril de 2009

Sunday Peregraph 1x03 - Vamonos de Fiestas


Grote Markt es, como ya he dicho antes, la Plaza Mayor de Haarlem. Literalmente. “Grote” significa grande y “Markt” significa plaza. Es un sitio muy bonito, muy amplio y en el que además de varios bares hay también una iglesia -o catedral, no sé- enorme. Es imposible no fijarse en ella, no tanto por sus valores arquitectónicos, que no dudo que los tenga, sino porque todos los dias, a determinadas horas, comienza a sonar en toda la parte central de Haarlem el sonido de un eterno carillón. A mí, como espectador viandante, no me molesta, pero siempre me imagino viviendo en las proximidades de esa iglesia, teniendo que soportar diariamente en varias ocasiones una cancioncita que, más bonita o más fea, siempre me impida a la misma hora de la tarde o la mañana ver una película con la ventana abierta. Eso es denunciable... ¿no? Denunciable o no, en cuestión de ruidos, si vives en esa plaza eso no sería lo peor.

El lunes pasado, que aquí era festivo, salí por la tarde a dar mi paseo diario por las calles encanaladas de Haarlem. Recorría los sitios que conozco mirando las cosas que ya he visto cuando mis pies me llevaron a la Grote Markt. Allí me sorprendí al encontrar el lugar repleto de camiones, hierros, maderas y aparatos de construcción. En este caso la causa no eran unas obras, sino que parecía que hubiesen decidido jugar en la plaza a un enorme Mecano de atracciones de feria. No sabía si lo estaban poniendo o lo estaban quitando, pues por la mañana no había pasado por allí y, como era festivo, pensé que quizá solo lo habían colocado para ese día y ya lo estaban recogiendo. Pensando ahora en ello me doy cuenta de lo erróneamente optimista que aún soy en algunas ocasiones con la efectividad holandesa. En lugar de pensar que estos tipos tardan un mes en hacerte la copia de una llave de casa, pensé en que estos mismos tipos te levantan el pavimento de la plaza, reparan lo reparable y la cierran en un mismo día. Mi obsesión con las obras, que no me deja ver más allá.

El caso es que el martes todo el despliegue aún seguía allí, e incluso había crecido un poco más. Confirmé que lo que hacían era ponerlo y no quitarlo, y empecé a vislumbrar algunas de las atracciones que pensaban instalar. Ví coches de choque amontonados en un nuevo camión que había llegado... y enormes brazos articulados metálicos dispuestos a formar una especie de pulpo gigante, con cazuelas en sus brazos en las que poder sentarse... también había camiones que se convertían en distintos tipos de atracción monetaria, queriendo decir con esto que llegaban allí, descorrían sus paredes y plantaban en cualquier lugar multitud de máquinas tragaperras.

Pero lo que más llamaba la atención era la enorme torre metálica. Presidiendo el lugar, justo tapando el edificio Brinkmann, estaban colocando una atracción tan grande y tan alta como cualquiera de las que se puedan encontrar en un parque de atracciones fijo. Ahora que pienso en como es la verdad es que le veo sentido a que sea la atracción principal de unas fiestas de por aquí, ya que su funcionamiento es como el de un molino, un molino muy muy delgado y con dos aspas en lugar de cuatro. La gente se sube en las puntas de las aspas, bien atada y asegurada, y comienza a dar vueltas hasta que tengan la cabeza en los pies y el estómago en los zapatos. Aún no lo había visto funcionar, y simplemente me sorprendí de lo colosal de su tamaño. Observé el resto de cosas que estaban empezando a colocar, y tras darme un par de sustos con los ruidos decidí seguir paseando por algún lugar en el que no sonaran martillazos.

Cuando volví a aparecer por la plaza -no recuerdo exactamente que día- ya estaba todo colocado y en funcionamiento. Solo faltaba la gente, los usuarios, pues pasé a unas horas en las que no parecía que mucha gente tuviese tiempo de llevar a sus críos a disfrutar. Confirmé la instalación de las atracciones que había visto antes de que colocaran -el pulpo y los coches de choque- y volví a sorprenderme de la facilidad con la que en este país se instalan paraísos ludópatas de máquinas tragaperras. Luego me fui de allí, huyendo no del ruido de construcción sino de las odiosas canciones de feria que sonaban atronadoramente a través de los enormes bafles que, por supuesto, acompañaban a cada atracción. Si sonó el carrillón de la iglesia ni siquiera me enteré.

Ayer sábado volví a acercarme, estando seguro de encontrar en el fin de semana la agitación necesaria como testar el verdadero ambiente de la diversión holandesa. Según me acercaba a la plaza por la calle principal comencé a escuchar gritos, y cuando levanté la vista vi pasar a toda velocidad las puntas de las aspas de la torre metálica. En ellos ya había gente gozando del mareo, la altura y la adrenalina. Aparecían tras los edificios cada poco, y les envidié por la vista aérea de la ciudad que tenían cuando los usuarios de una de las puntas estaban arriba y parados, mientras la otra punta estaba abajo, cambiando a sus ocupantes. Luego volvió a moverse, y me dije que por muy esplendorosa que fuera aquella vista yo no la iba a disfrutar. No al menos si no quería arriesgarme a vomitar sobre alguien.

Cuando llegué finalmente a la plaza constaté que estaba abarrotada. Los gritos de los de las aspas habían desaparecido porque ahora estaba entre los gritos de la gente de a pie, de la música de las atracciones y del jolgorio típico de unas fiestas. De repente me teletransporté a los madriles, concretamente a las fiestas de mi barrio Moratalaz. A tantos kilómetros de distancia hay sensaciones que son las mismas, y más cuando estás en una feria con sus luces llamativas... sus puestos de tirar con la escopeta descalibrada... el olor a nube de azúcar... la música pachanguera... la multitud abarrotando el lugar... Paseé entre la gente dejándome llevar, observando de vez en cuando a los que gritaban desde las aspas de la atracción reina, y viendo que los holandeses, en unos coches de choque, son quizá algo más tranquilos que los españoles. Como la vida misma.

Atravesé el lugar y me disponía a salir del centro neurálgico de ocio cuando mis pies se quedaron parados a petición de mis oídos. Al pasar junto a una atracción -consistente en mover de arriba a abajo y de izquierda a derecha a varias personas sentadas en dos filas como de sala de cine- creí percibir un sonido muy usual en las fiestas pero extraño en un lugar como Haarlem. Afiné el oido y distinguí claramente las notas de esa famosa mediterránea canción que dice “Valenciaaaaaa, es la tierra de las flores, de la luz y del amorrrrrr. Ta Ta Ta Ta TAN Ta TAN Ta TAN!!!”. Perplejo me dirigí hacia la fuente de ese sonido, y mi perplejidad fue aún mayor cuando, al escuchar la voz que cantaba, constaté que la canción era en Holandés. Pensé que quizá la letra cambiase hasta el punto de decir “Haaarleeeeem.. TA ta TA ta Ta TA ta ta ta ta ta TA TA TA tAAAAAa”... pero no, lo de Valencia lo habían respetado. Alucinado me fui de allí, y eso me sirvió para encontrar la nueva ubicación del mercado de los sabados. Aquí tienen pasión por los mercadillos, y a los dos semanales que ponen en mi plaza hay que sumar otros tres o cuatro que ponen también en Grote Markt. Compré un poco de pan en uno de los puestos y me vine a casa a comer.

Por la noche me acerqué con mi amigo Manolo, al que conozco no de aquí sino de Madrid, y con el que compartí en Moratalaz muchas Fiestas del Barrio. Al entrar en la plaza lo primero que nos llamo la atención -para eso están- fueron las luces de todos los colores y brillos que poblaban cada rincón. Los gritos continuaban, al igual que las aspas del molino metálico, ahora con luces hipnóticas que te hacían disfrutar con solo mirarlas. Aunque la música ya no era valenciana, la complicidad de la oscuridad y el aislamiento que con el resto de la ciudad producían las distintas luces, invitaban a los recuerdos y sensaciones previamente vividos en Madrid. Las fiestas de Moratalaz en pleno Haarlem. Solo nos faltó un césped donde tirarnos y un buen par de litros fríos de cerveza Mahou. En litrona, por supuesto. Si ellos solo tienen latas de medio litro para sus cervezas, nosotros solo tenemos vidrios de litro para las nuestras.

El tiempo, el buen tiempo, ha acompañado a las fiestas. Por esa razón hoy se ha acercado de nuevo Manolo, pero esta vez además con Marta y con Raúl -el pequeño de la casa y el que seguro más ha disfrutado de las atracciones-. Al acercarnos a la plaza se escucharon de nuevo los gritos, y se comenzaron a divisar entre los edificios los viajes de los nuevos ocupantes de las puntas de aspa de la torre de metal. El lugar volvía a estar abarrotado, lleno de gente adulta acompañando a niños que corrían en busca de la siguiente diversión. Raúl montó en unos coches de choques para mininiños y entró también en un laberinto de espejos y cristales del que salió con más de un chichón. Luego intentamos hacernos con un muñequito de Yoda al mas puro estilo Barrio Sésamo, pero las manos metálicas que debían de agarrarlo son en Holanda tan endebles como en Madrid, y tras levantarlo levemente por su capa el muñeco volvió a caerse dentro de su jaula, dejándonos sin su compañía y sin los cincuenta céntimos que costaba cada intento. Intentamos tirar con la escopeta descalibrada de mirilla engañosa, pero la cola que aseguraba una espera algo más que corta evitó que lo hiciésemos.


La parte triste de la historia es que aún no sé que es lo que se celebra. Mis colegas dicen que varias veces al año hacen esta exhibición de atracciones en esa misma plaza, pero no sabemos por qué. Por el resto de la ciudad no se ven ni banderitas ni adornos ni nada, y aunque se pueda pensar que en Holanda esas cosas no se hacen, si al menos lo hacen en Navidad y un poco antes, durante las fiestas de Sinterklaas -especie de Papa Noel Turco que vive en Madrid y que les trae regalos a los crios, o los secuestra si se portan mal, en Noviembre-. Quiero decir con esto que no me extrañaría que simplemente fuese algo así como “semana de feria”, más que la celebración de algo en particular. Pero insisto, no lo sé. Solo sé que, en la plaza del pueblo, varias semanas al año, no solo el ruido del carrilón crispa los nervios de los vecinos de la zona. También lo hacen las miradas y los gritos de la gente que, atadas a la punta de unas enormes aspas, cruza sus ventanas con gesto en sus caras de un próximo vomitar. Justo al subir lo más alto, casi alcanzando las nubes con el aspa habitada de la torre, las nubes de azúcar digeridas puede que se conviertan en tormenta de granizo estomacal. Seguro que ha pasado, y seguro que pasará.

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